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jueves, 28 de mayo de 2015

Y Donde comenzó la Iglesia

Donde comenzó la Iglesia
Como está escrito en el antiguo testimonio, la fe cristiana se arraigó en Roma "sin ningún milagro y sin ningún apóstol". La Epístola de San Pablo a los Romanos es una prueba de que Pedro no fue el fundador de la iglesia en esa ciudad y de que no residía en Roma cuando la Epístola fue dirigida. San Pablo, que tenía por norma no edificar sobre ajeno fundamento, no hubiera escrito esa Epístola de carácter doctrinal a una iglesia que fuera el fruto de los trabajos de su colega, y mucho menos hubiera dejado de mencionarlo en las salutaciones que figuran en el último capítulo. Sin la intervención de Pedro, ni de Pablo, ni de ninguno de los apóstoles; sin clero, sin jerarquías, sin autoridades eclesiásticas, la iglesia en Roma florecía y daba un testimonio poderoso de la fe que profesaba. Por todas partes se extendía su fama, y una propaganda activa se llevaba a cabo en aquel foco de idolatría y corrupción. La llegada de Pablo, aunque prisionero, contribuyó a que muchos fuesen ganados al Señor, lo que le permitió que desde el pretorio pudiese escribir estas palabras a los cristianos de Filipos: "Las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio." Renán describe así los adelantos del cristianismo en Roma: "Los progresos eran extraordinarios; hubiérase dicho que una inundación, largo tiempo detenida, hacía al fin su irrupción. La iglesia de Roma era ya todo un pueblo. La corte y la ciudad empezaban ya seriamente a hablar de ella; sus progresos fueron algún tiempo la conversación del día". "En cuanto al populacho —agrega el mismo autor— soñaba con hazañas imposibles para ser atribuidas a los cristianos. Se les hacía responsables de todas las calamidades públicas. Se les acusaba de predicar la rebelión contra el Emperador y de tratar de amotinar a los esclavos. El cristianismo llegaba a ser en la opinión lo que fuera el judío en la Edad Media: el emisario de todas las calamidades, el hombre que no piensa más que en el mal, el envenenador de fuentes, el comedor de niños, el incendiario. En cuanto se cometía un crimen, el más leve indicio bastaba para detener a un cristiano y someterlo a la tortura. En repetidas ocasiones, el nombre de cristiano bastaba por sí solo para el arresto. Cuando se les veía alejarse de los sacrificios paganos, se les insultaba. En realidad la era de las persecuciones estaba ya abierta." Los romanos hasta entonces no se habían levantado contra los cristianos. Para ellos el cristianismo era una secta judía, y como el judaísmo era lícito, no hallaban motivos para molestar al nuevo partido. Pero bien pronto las cosas cambiarían de tono. 

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